(Agencia Paco Urondo)
Atlas de Le Monde Diplomatique
Edición Cono Sur
Presento a los lectores un resumen de un trabajo realizado por múltiples intelectuales y estudiosos de la economía política y de los fenómenos sociales. Estos escritores intentan realizar un pensamiento colectivo totalizador del “mundo” tal como se encuentra en el año 2007. Piensan desde una posición de izquierda europea ajena a los “socialismos europeos” y realizan una lectura crítica de aquello que están llevando adelante las multinacionales capitalistas con ideología neoliberal.
Entiendo que pensando desde Latinoamérica y desde la perspectiva del campo popular, surgen varias diferencias. No obstante, se puede aprender mucho de cada uno de estos trabajos a los efectos de pensar los caminos posibles para la emancipación latinoamericana.
Resumen realizado por Pedro Bugani.
Aclaración: Los franceses, autores de todos estos artículos, conceptualizan como MUNDIALIZACIÓN, aquello que los Estados Unidos conceptualizan como GLOBALIZACIÓN.
En Argentina seguimos el concepto Norteamericano
Conflictos entre Estados y guerras civiles
A diferencia de lo que suele creerse, los conflictos armados disminuyeron mucho desde el fin de la Guerra Fría. Pero también cambiaron sus características: los enfrentamientos entre Estados dejaron lugar a guerras civiles, por el poder o por su territorio.
Entre 1948 y 1991 se triplicó la cantidad de conflictos armados en todo el mundo. La mayoría se inscribía en el marco del enfrentamiento entre los dos bloques. Las revoluciones y las luchas de liberación nacional y social se desarrollaban a loa sombra de las relaciones de fuerza y los márgenes de maniobra creados por la Guerra Fría, a pesar de que esos movimientos eran a menudo utilizados por la URSS o por EEUU. Ambos cuidaban que sus “clientes” respetaran las reglas de juego impuestas por el peligro nuclear. Pero la caída del Muro de Berlín volvió a abrir la caja de Pandora, “liberando” así conflictos de todo tipo, fundamentalmente en los grandes conjuntos en desintegración, como la URSS o Yugoslavia.
En algunos casos, la población se enfrentó a guerras de ocupación: así ocurre desde 1964 en Palestina, desde 1994 en Chechenia y desde 2003 en Irak. Otros conflictos –aunque menos que antes– tienen que ver con la relación entre dos Estados: tal fue el caso –hasta el reciente acercamiento– entre India y Pakistán, que condujo a tres guerras. Pero la mayoría pertenece a la categoría de guerras civiles por motivos étnicos o religiosos (o ambos). Así ocurre principalmente en África. Detrás de estos escenarios se encuentra la desintegración de los Estados y la disputa por el control de territorios con recursos exportables, ambos fenómenos asociados, a su vez, con las políticas de destrucción de la cohesión social.
Esa evolución resulta evidente en las estadísticas del Sipri (Sipri Yearbook 2005. Armaments, Disarmament and International Security, Solna, Suecia, 2005). Figuran allí 57 conflictos importantes entre 1990 y 2004: 4 de ellos entre Estados y 53 dentro del mismo Estado: por el control del gobierno (29) o de un territorio (24). África fue el continente más afectado, con 19 conflictos: 1 entre dos Estados (Etiopía-Eritrea) y 18 guerras civiles, varias de las cuales se regionalizaron, en África Central (Burundi, República Democrática del Congo, Ruanda), y en África Occidental (Costa de Marfil, Liberia, Sierra Leona).
Asia, por su parte, registró 15 conflictos en este período: 1 entre dos Estados (India-Pakistán), 6 guerras civiles por el poder y 8 por territorios. En Medio Oriente se registraron 10 conflictos: dos entre Estados (las dos guerras del Golfo) y 8 guerras civiles. Europa, a su vez, padeció 7 conflictos armados importantes, todos internos, comenzando por Chechenia y la ex-Yugoslavia. En América hubo 6 conflictos, todos ellos internos.
“ISLAMO-FASCISMO”
En 2004 se registró (como en 1997) el número más bajo de conflictos contabilizados desde 1991. Hubo en todo el mundo 19 enfrentamientos armados importantes, todos internos, salvo la guerra de Irak, curiosamente ausente en estas estadísticas. La mayoría de los conflictos tuvo lugar en África (6) y en Asia (6); sólo 3 en América Latina, 3 en Medio Oriente, y 1 en Europa.
Los conflictos armados disminuyeron un 40% en 15 años, pero el terrorismo alcanzó un gran desarrollo en ese lapso. Una comparación alcanza para tener idea del fenómeno: desde 1968 hasta 1984, los actos terroristas causaron unas 3.000 muertes, es decir, la misma cantidad que en la jornada del 11 de Septiembre de 2001. Pero más que el aumento de la frecuencia y de la magnitud de los atentados de los últimos años, lo que transformó totalmente la geopolítica mundial fue la reorientación estratégica de Estados Unidos hacia la guerra contra el terrorismo, y más precisamente contra el “islamo-fascismo” acusado de querer “esclavizar a naciones enteras e intimidar al mundo”.
La legislación internacional aún no ha acuñado una definición para este nuevo enemigo. Toda enumeración demasiado precisa de los actos calificados de terrorismo conlleva, por cierto, el riesgo de afectar las libertades civiles, como se vio en Estados Unidos con la Patriot Act. Por otra parte, incluso una definición sencilla de terrorismo, como por ejemplo: “Cualquier acto de violencia contra civiles inocentes destinado a aterrorizar a la población para alcanzar un objetivo político”, puede llevar a confundir los ataques cometidos por Al-Qaeda desde 1998 con el atentado cometido por la organización Irgun, de Menahem Begin, contra el hotel King David (1946); el secuestro de los atletas israelíes en las Olimpíadas de Munich (1972) con el atentado con gas en el tren subterráneo de Tokio, cometido por la secta Aum (1995); el desvío por los franceses de un avión DC-3 que llevaba a bordo a los dirigentes del Frente de Liberación Nacional argelino (1956) con los asesinatos cometidos en la década de 1970 en Alemania por la Fracción del Ejército Rojo; las operaciones kamikazes de Hamas en Israel con las masacres del grupo islámico armado en Argelia…
La cruzada del presidente George W. Bush ignora deliberadamente las “causas objetivas” de muchos tipos de terrorismo. Pero, aún cuando la eliminación de estas causas no alcanzara para suprimir totalmente el riesgo de acciones de individuos fanatizados, sí serviría para esterilizar el terreno sobre el cual los terroristas podrían desarrollarse y encontrar apoyo o cómplices.
¿Choque de civilizaciones o choque Norte–Sur?
La debacle del bloque soviético, simbolizada en la caída del Muro de Berlín en 1989, fue un viraje histórico. Entre las teorías que se multiplicaron entonces para anticipar el futuro del mundo, la del “choque entre civilizaciones” tuvo gran difusión. Porque podía justificar, a su vez, otro fenómeno: la reanudación de un discurso abiertamente imperialista.
Con la agonía de la Unión Soviética se derrumbó el modelo de la Guerra Fría; es decir, de relaciones internacionales determinadas por la bipolaridad entre sistemas opuestos, tanto en el plano socioeconómico como en el político-ideológico.
En 1989, incluso antes de la caída del Muro de Berlín, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama publicó en la revista The National Interest un artículo con un título provocativo: “¿El fin de la historia?”. Remitiéndose a una vulgata hegeliana adaptada al gusto del momento, veía en el derrumbe del bloque soviético el triunfo definitivo del liberalismo como modelo político-económico. A partir de entonces ya no habría desafíos ideológicos en los análisis internacionales, y el mundo iba a aburrirse…
DISCURSO DE ODIO
Esta tesis generó un debate mundial de una amplitud desmesurada. Era un testimonio de la época, que reflejaba de manera grotesca el triunfalismo ideológico de Estados Unidos, al mismo tiempo que servía de justificación a una política de desarme. El hecho de que la idea fuera retomada en un libro en 1992, convertido instantáneamente en un best-seller, llevó a una cantidad incalculable de comentaristas a refutar sin dificultades el optimismo beato de su autor. Samuel Huntington, profesor de Harvard y miembro del establishment de la política exterior estadounidense, formuló en 1993, en la revista Foreing Affaire, lo que parecía ser una contra-tesis: al derrumbe de las ideologías de la Guerra Fría le sucedería un “choque de civilizaciones”.
En una obra que también se convirtió en best-seller desde su publicación en 1996, Huntington distinguía varias grandes “civilizaciones” rivales a escala planetaria, pero que podían acercarse a partir de sus afinidades o de las necesidades de luchar por su propia hegemonía o contra la de otros. Así, el cristianismo ortodoxo (la esfera rusa) podría llegar a aliarse con la civilización china “confuciana”, para enfrentar a la civilización occidental y sus aliados, dirigidos por Estados Unidos. Pero el mayor temor de Huntington era que lo que él percibía como el principal eje anti-occidental, el eje “confuciano-islámico”, pudiera asociarse con el eje “ortodoxo-hindú” e inclinar la balanza en “Eurasia” contra Occidente.
Las tesis de Huntington fueron, a su vez, sometidas a críticas provenientes de todos lados. En el plano metodológico, no fue difícil refutar la idea de que las “civilizaciones”, en tanto tales, serían actores de la historia, mientras que cada uno de los conjuntos definidos por Huntington agrupaba Estados con políticas y alianzas muy heterogéneas. También se criticó severamente la noción misma de “civilización” con diversos criterios, tanto religiosos como geográficos o políticos.
Sin embargo, la tesis sobrevivió en un aspecto: el “choque” entre el mundo cristiano, occidental y ortodoxo, por un lado, y el mundo musulmán por otro. Paradójicamente, esta noción era sostenida por los propios integristas musulmanes, cuyo discurso de odio contra “los cruzados y los judíos” alimentaba a su vez una fobia hacia el islam de carácter racista, que tenía sus raíces en fantasías de origen colonial, si no anteriores. La destrucción de las torres del World Trade Center, el 11 de Septiembre de 2001, pareció corroborar la tesis del “choque de civilizaciones”, a pesar de la opinión negativa de Huntington, que sostenía que el acontecimiento se inscribía en una lucha interna de la “civilización musulmana”. El discurso oficial estadounidense, preocupado por no enajenarse a la población musulmana, retomó más bien la vieja cantinela imperialista de la “misión civilizadora” de Occidente. Las poblaciones de Medio Oriente retuvieron en su memoria, sobre todo, los aspectos más bárbaros: Guantánamo, Abu Ghraib y Fallujah.
Cuando el progreso acentúa las desigualdades
Durante las últimas décadas aumentaron las disparidades tanto entre países como dentro de las naciones. Falta acordar un criterio para medir sus dimensiones. En verdad, las causas se encuentran en las políticas económicas implementadas desde la década de 1980.
Las desigualdades calculadas en términos de ingresos monetarios son un indicador muy parcial. Por ejemplo, en otras épocas, el sistema de distribución social de China y Vietnam brindaba a sus poblaciones acceso directo a la salud y la educación. El tránsito hacia un sistema de prestaciones pagas sin cobertura social general modificó drásticamente la situación.
En la mayoría de los países del África Subsahariana y muchos de los latinoamericanos, la inequidad en el acceso al agua ya a las tierras fértiles es un factor esencial en la generación de desigualdades. Allí, los bajos ingresos monetarios significan miseria, como es el caso cada vez más frecuente en los ex países socialistas. Las estadísticas del Banco Mundial sobre la evolución de la pobreza en Europa del Este y la ex URSS no reflejan cabalmente la falta de transparencia de los cambios de sistema (monetarización de la economía, privatizaciones) producidos desde comienzos de la década del ’90. La autosuficiencia alimentaria permite sobrevivir, pero no es un sustituto de un verdadero sistema de protección social.
Las estadísticas no reflejan adecuadamente el efecto sobre las desigualdades del aumento de las tarifas de electricidad o transporte y de los alquileres, ni cuánto se reduce el acceso a servicios privatizados para importantes sectores de la población. El Indicador de Desarrollo Humano (IDH) elaborado por Naciones Unidas y otros indicadores provenientes de instituciones independientes (como el BIP 40 en Francia) permiten tener enfoques más precisos de la realidad de las desigualdades evaluadas en función del acceso a servicios básicos como la educación o la salud, especificando también las diferencias entre hombres y mujeres. Entre 1990 y 2000 el IDH disminuyó en 21 países en vías de desarrollo, frente a los cuatro que habían mostrado esa tendencia durante la década anterior.
Las disparidades globales entre países se calculan comparando los indicadores promedio, como el Producto Interno Bruto per capita medido como paridad de poder adquisitivo. Los trabajos de investigación realizados durante el período 1970-1990 muestran un agravamiento de las desigualdades, un fenómeno que aparece vinculado con mecanismos de intercambio favorables a los países más ricos. Pero también se pueden ponderar esos resultados por el respectivo tamaño de las poblaciones (así, China tendrá mayor gravitación que en el primer cálculo): sobre esta base se elabora un indicador de desigualdades internacionales.
Hasta los años 1980, la evolución de los dos indicadores de desigualdades (entre países y el “internacional”) era casi paralela, porque la cantidad de pobres en los gigantes demográficos –China e India– no tuvo modificaciones significativas. Pero desde hace más de 20 años el importante descenso de las cifras absolutas de pobreza, en especial en China, conduce a una divergencia de indicadores: mientras que las diferencias entre países aumentan, las “desigualdades internacionales” se reducen, aunque seguirían en alza si no contabilizaran las cifras correspondientes a China.
Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta 1970, las desigualdades en el seno de cada país tendían a disminuir, pero después aumentaron de nuevo. Y esto es verdad tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo (PVD), incluyendo esta vez a China, donde la reducción del número de pobres viene acompañada de un crecimiento muy desigual.
GIRO NEOLIBERAL
Las políticas económicas son responsables de este fenómeno, que se observa también en los países más ricos, agrupados en la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), donde se produjo primero el giro neoliberal. Entre 1979 y 2001 los ingresos del 20% de los habitantes más pobres crecieron un 8%, contra el 17% para el 20% dotado de ingresos medios, 69% para el 10% más rico y 139% para el 1% que ocupa el vértice de la pirámide. Entre 1980 y 2000, la pobreza aumentó en 19 de los 20 países del grupo de naciones ricas. En el Reino Unido hay un 60% más de familias bajo el umbral de pobreza, y en los Países Bajos el indicador se elevó en un 40%. Y si la mirada se desplaza hacia la periferia del escenario mundial, las diferencias internas se tornan abismales y se reflejan sobre las diferencias entre países.
Esto habla, al mismo tiempo, de las relaciones internacionales desiguales y de las políticas económicas de cada Estado. Escudadas en los discursos neoliberales, las grandes potencias hacen que todos los asalariados compitan, reservándose para sí los recursos discrecionales para apoyar a sus empresas e imponiendo la apertura de las economías periféricas. China protagoniza una espectacular “recuperación” porque conservó poderosos recursos estatales para protegerse en el ámbito de las relaciones mundiales; pero también tiende a imitar a las grandes potencias en cuanto a los métodos para ganar “competitividad”, fuente de inequidades sociales internas.
Cuestionada hegemonía de Estados Unidos
El dominio estadounidense es manifiesto desde el derrumbe de la URSS. Sin embargo, no se impone sin cuestionamientos. Y si el terrorismo representa la forma más espectacular de rechazo al unilateralismo, está lejos de ser la expresión más importante.
La Conferencia General de la Unesco, reunida en París entre el 3 y el 21 de Diciembre de 2005, aprobó por 148 votos contra 2 (Estados Unidos e Israel) y 4 abstenciones, la Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de la Expresiones Culturales. En agosto de 2005, ante la enérgica oposición que encontró su oferta en el Congreso estadounidense, la compañía china CNOOC Ltd. renunció a comprar las acciones de la empresa petrolera norteamericana Unocal; la libre circulación de capitales cedió ante los “imperativos de seguridad”. En diciembre de 2005, el candidato indígena Evo Morales ganó la elección presidencial en Bolivia, lo que significó una nueva derrota para Estados Unidos en el continente.
Estos fueron algunos de los acontecimientos que marcaron los años 2004 y 2005: el empantanamiento de la intervención militar estadounidense en Irak; los frecuentes viajes de los dirigentes chinos a África y América Latina; el reconocimiento por parte de Corea del Sur, en contradicción con la posición de Washington, del derecho de Pyongyang a disponer de una industria nuclear civil; los atentados terroristas en Madrid, Londres, Ryad, Djedda (Arabia Saudita). Reunidos, estos hechos dispersos esbozan el perfil de una geopolítica mundial mucho más compleja de lo que suele imaginarse, y que no se reduce al desencadenamiento impetuoso de la mundialización liberal, ni a una nueva “guerra mundial contra el terrorismo”.
En todas partes persisten los nacionalismos, la reafirmación de identidades culturales, las ambiciones ancladas en la historia; son cada vez más quienes rechazan un orden mundial unipolar y que lo expresan en formas diversas, a veces cuestionables. Frente a Estados Unidos, que no duda en proteger sus propios intereses, se afirman, de Beijing a San Pablo, de Seúl a Nueva Delhi, un patriotismo económico y político, y la determinación de defender la independencia, incluso con muestras colectivas de resistencia.
El “fin de la historia”, según el investigador estadounidense Francis Fukuyama, anunciaba el triunfo no sólo de la mundialización, sino también del modelo liberal encarnado por Estados Unidos. Ahora bien, desde hace más de una década, Estados Unidos es incapaz de ganar “los corazones y los espíritus”. En 1789, las ideas de la Revolución Francesa se difundieron ampliamente en Europa y también más lejos; durante mucho tiempo la Revolución Rusa constituyó un desafío tanto ideológico como militar para Occidente. Pero el apogeo de la fuerza militar de Estados Unidos coincide con el punto más bajo de su popularidad en el mundo. La imagen de Washington en el extranjero nunca fue tan negativa. “Incluso China lo hace mejor” titulaba The International Herald Tribune el 24 de junio de 2005.
Es cierto que ninguna potencia, en el horizonte de la década que viene, ni siquiera China, puede esperar encarnar un proyecto alternativo de sociedad que compita con Estados Unidos, como pudo hacerlo, aunque de manera parcial, la Unión Soviética durante la segunda mitad del siglo XX. Washington dispone de inmensos recursos militares, económicos y humanos, y de una gran capacidad de intervención unilateral. Pero las voluntades hegemónicas chocan con fuertes resistencias y con el rechazo a dejar que Occidente defina por sí solo los valores universales –derechos humanos, democracia, libertades– proclamando su visión del Bien y del Mal, y decretando qué régimen es aceptable y cuál no lo es.
CULTURAS “BÁRBARAS”
A comienzos del siglo XVIII las potencias europeas impusieron su hegemonía al resto del mundo. La historiografía contemporánea muestra que esta primacía fue el resultado de una coyuntura singular basada, entre otras cosas, en la ventaja que le deparaba la revolución agraria e industrial, la posesión de América y la economía del comercio de esclavos. Todo esto se traducía en un dominio que permitió a las potencias rivales del Viejo Continente someter al planeta al yugo colonial.
Europa trató de legitimar este dominio con la pretendida superioridad milenaria de sus valores y de su pensamiento. Despreció todas las demás culturas, consideradas como “bárbaras”. Ahora, Estados Unidos, y a veces los que pretenden encarnar a “Europa”, parecen retomar esos prejuicios de otro tiempo. Pero chocan con una realidad testaruda: si bien el siglo XX marcó el derrumbe del “campo socialista”, fue también el siglo del naufragio del imperio colonial.
Delitos y tráficos planean sobre la mundialización
Las relaciones internacionales ilícitas siguen expandiéndose. Más allá de las actividades delictivas tradicionales (drogas, armas, tráfico de seres humanos y falsificaciones), las quiebras fraudulentas y la corrupción política o empresaria demuestran la extrema dificultad de la lucha contra actividades que aprovechan los mecanismos de la mundialización.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que los ingresos anuales de las organizaciones delictivas rondan 1,5 billón de dólares. Esto incluye todo tipo de tráfico, el fraude fiscal que afecta a las finanzas públicas de los Estados, y las rentas patrimoniales, muchas veces integradas a la economía legal. Entre 600.000 millones y 1 billón de dólares se blanquean cada año, lo que equivale al 2 o 5% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial.
El tráfico mundial de drogas generaría 400.000 millones de dólares anuales (50% del producto total del crimen organizado). La cifra equivale al PBI español. El tráfico afecta a cerca del 3% de la población del planeta, o sea 185 millones de personas, y provoca 200.000 sobredosis cada año. Europa se ha convertido en el mayor productor y exportador de drogas sintéticas. Holanda y Bélgica suministrarían el 80% del éxtasis en circulación, volcado al mercado de Estados Unidos por mafias holandesas e israelíes vía las Antillas Holandesas.
El tráfico de armas se nutre principalmente de los arsenales de los ex países comunistas. Sólo el 3% de los 550 millones de armas livianas en circulación en todo el mundo están en manos de fuerzas gubernamentales. Cerca del 20% del comercio de armas transcurre por redes ocultas, que generan más de 1.000 millones de dólares anuales.
DESLOCALIZACIONES
El tráfico de seres humanos (tráfico de órganos, trata de mujeres y de niños, turismo sexual, secuestros, trabajo clandestino) es la actividad delictiva de más rápida evolución. El comercio sexual, globalizado e industrializado, entra de manera más o menos encubierta en la estrategia de desarrollo de numerosos países. Asia es, por lejos, el continente más afectado: hay 2 millones de prostitutas en Tailandia, de las cuales cerca de 300.000 son menores, para atender a algo más de 800.000 visitantes. En Filipinas, Malasia e Indonesia la industria del sexo representa entre el 2 y el 14% del PBI.
La Organización Internacional de Migraciones (OIM) estima entre 20 y 40 millones la cantidad de migrantes clandestinos, cuyo tráfico mafioso aportaría ganancias del orden de los 3.000 a los 10.000 millones de dólares.
La piratería de la propiedad intelectual le habría costado a la economía estadounidense US$ 9.400 millones en 2001. Cerca del 50% de los medicamentos en Nigeria y Tailandia, por ejemplo, se producen de manera clandestina.
En el plano de la corrupción política los ejemplos se multiplican: Augusto Pinochet debe responder por los US$ 16 millones descubiertos en sus cuentas bancarias en Estados Unidos. El dinero proveniente del FMI desviado en Rusia y blanqueado por bancos de Estados Unidos se acercaría a los US$ 200 millones. Desde 1993 habrían salido de Rusia US$ 140.000 millones a través de empresas que oficiaban de pantallas. Estarían involucrados el entorno de Boris Yeltsin y de sus hijas, titulares de cuentas abiertas en un banco suizo.
El juez francés Philippe Courroye sospecha que en Suiza hay una suerte de “caja negra” que puede haber servido para operaciones de corrupción llevadas a cabo por las compañías Vivendi, Alcatel y Total en Rusia, Irak y Tanzania. El “cuervo” que denunció las malversaciones vinculadas con la venta de las fragatas francesas a Taiwán suministró poca información creíble sobre los 5.000 millones de francos pagados en comisiones. Las quiebras fraudulentas en Estados Unidos (Enron, Tyco y otras como Sunbeam, Global Crossing, o WorldCom, la más resonante de la historia estadounidense) tuvieron su equivalente europeo con el escándalo Parmalat.
¿Cuáles son los puntos comunes a todas estas actividades? La economía ilícita de la mundialización funciona como la propia mundialización: con una optimización de las actividades mediante el desplazamiento de las diversas etapas del proceso en función de las diferencias de normas; altas remuneraciones a quienes se encargan de ello, especialmente los cuadros directivos de las empresas oficiales, y blanqueo de fondos desviados hacia grandes instituciones financieras o paraísos fiscales.
Convertir a los países ricos en fortalezas
En un cuarto de siglo los países más desarrollados –desde la Unión Europea hasta Estados Unidos y Australia– fueron reforzando crecientemente el control de sus fronteras. Buscan desplazar más allá de su territorio la tarea de selección de inmigrantes. Cuando a la desconfianza a los pobres se suma el miedo al extranjero.
La recuperación del crecimiento y el fin de la Guerra Fría modificaron la situación en materia de movimientos migratorios. Por razones que ya no suelen relacionarse estrictamente con la Convención de 1951 sobre los Refugiados, millones de personas que padecen múltiples formas de desamparo toman, de manera espontánea o forzada, el camino del exilio en el momento mismo en que las naciones más ricas, en línea con el aumento de la xenofobia, se muestran menos dispuestas a recibir “la miseria del mundo”.
En este movimiento de tenazas, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) implementaron un dispositivo de protección contra los desplazamientos de personas, consideradas como una amenaza. Con un efecto de arrastre, este proceso se extendió a zonas intermedias, donde cada país se esfuerza en aplicar la llamada doctrina NIMBY (not in my backyard: “no en mi patio trasero”). Una concepción territorial del “riesgo” migratorio deja de lado los principios, especialmente en materia de derechos de las personas. La piezas claves de esta doctrina evocan una estrategia de guerra.
Ante todo, se observa una criminalización de la inmigración, acompañada del uso creciente de expresiones como “inmigrantes ilegales”, incluso para referirse a quienes solicitan asilo. Las medidas tomadas al respecto suelen legitimarse en las declaraciones públicas con la apelación a la “caza de terroristas”, incluso se alude a la protección de los valores cristianos contra un supuesto peligro musulmán.
Las fronteras, consideradas frentes de batalla, están militarizadas. En Gibraltar, el Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), financiado por la UE para proteger la frontera española de las migraciones provenientes de África, utiliza técnicas sofisticadas de vigilancia marítima. En el estrecho de Torres, Australia terceriza la explotación de un sistema similar para los habitantes de la isla de Duan.
RECHAZO A LOS INMIGRANTES
Entre los países de tránsito y los países de destino –Marruecos y España, Libia e Italia –surgen formas de “cooperación” militar. En Estados Unidos la operación Gatekeepers concebida en 1994, condujo al despliegue de 11.000 patrulleros a lo largo de la frontera con México y a la utilización de una infraestructura sin precedentes en tiempos de paz. La militarización se extiende como una mancha de aceite: en 2005 Angola decidió adquirir un sistema electrónico para el control de sus fronteras.
Salvo para poner en peligro la vida de los inmigrantes y beneficiar a los intermediarios y a quienes contratan mano de obra ilegal, la eficacia de esos medios costosos resulta limitada. En las costas norafricanas, los ahogados se cuentan de a cientos. En Estados Unidos, sólo en el desierto de Arizona, se encontraron en 2004 más de 200 personas muertas. Por otra parte, las explotaciones agrícolas californianas o andaluzas emplean a miles de trabajadores indocumentados.
Para los inmigrantes descubiertos en el empleo ilegal, los países ricos desarrollaron una lógica de reclusión sin derechos. Mientras Estados Unidos encierra a los boat people que huyen de Haití en la base de Guantánamo, en la UE prolifera la práctica de los centros de reclusión franceses, que suscitan vivas reacciones, como la creación en 2000 de la red Migreurop que milita contra “la Europa de los campos”.
Recientemente, frente a una “presión migratoria” considerada excesiva, se produjo un vuelco hacia políticas de externalización. En 2001, Australia lanzó la “solución Pacífico” mediante la cual en el Estado de Nauru se instalaron campos administrados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). En 2003, el Reino Unido propuso crear processing centres (centros de procesamiento) en terceros países para analizar las solicitudes de asilo fuera de la UE.
La idea fue rechazada. Sin embargo, se envían allí “oficiales de enlace” para formar agentes locales en la lucha contra la emigración hacia la UE. En todas partes, se trata de establecer “zonas tapón” o “cinturones de seguridad”. Como contrapartida de la liberalización comercial o de un apoyo a regímenes dudosos, se insta a los países de tránsito o de origen de los inmigrantes a detener el flujo en el lugar de origen. Frente a estas pujas, el respeto de los derechos de las personas parece una cuestión muy secundaria.
Arquitectura actual del orden mundial
La caída –meteórica en términos históricos– de la Unión Soviética y su imperio derivó en una conmoción del orden mundial tan importante como la que generó la Segunda Guerra Mundial. Por segunda vez en menos de medio siglo, se transformó el orden planetario. Y, al igual que en 1945, se instaló un debate sobre el nuevo marco de las relaciones internacionales.
El cambio que registraron las relaciones mundiales en 1945 no tenía precedentes. De una pluralidad de imperios y potencias, el mundo pasó, por primera vez, a un esquema definido a partir de un término tomado de la física electromagnética: la “bipolaridad”. Los dos gigantes, Estados Unidos y la Unión Soviética, fueron reconocidos como “superpotencias”. Desde luego, la bipolaridad nunca fue total. Cada señor feudal tenía que vérselas con sus propios infieles: para Estados Unidos, la Francia gaullista, para la Unión Soviética, la China maoísta. Del contrapeso mutuo de ambas superpotencias surgió un cierto margen de autonomía para terceros países, que generaba la posibilidad de un “no alineamiento”.
Este esquema se vino abajo con el Muro de Berlín. El fin de la Guerra Fría se materializó con la desaparición de la URSS, a la que sucedió una Rusia tan debilitada que en 2004 se ubicaba en el décimo puesto mundial en términos de Producto Bruto Interno (PBI) medido a través de la paridad de poder adquisitivo, detrás de Brasil (cifras de la CIA), con gastos millonarios que representaban la vigésima tercera parte de los del Pentágono en dólares constantes –cifras del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI)–. Esto coincidía con un período de crecimiento de Estados Unidos, iniciado durante la administración Reagan. El fin de la bipolaridad inauguró así, al menos a los ojos de Washington, un nuevo escenario históricamente inédito: la “unipolaridad”, cuya espectacular irrupción tuvo como consecuencia la consagración de Estados Unidos como única “hiperpotencia”.
Frente a este paradigma, se propusieron otras dos opciones. La más utópica contempla un mundo gobernado por normas de derecho e instituciones colectivas a la cabeza de las cuales debería figurar una Organización de las Naciones Unidas (ONU) reformada y volcada a su objetivo original. Paradójicamente, es lo que había anunciado el primer presidente estadounidense de la pos-Guerra Fría bajo la denominación de “nuevo orden mundial”, en el momento mismo en que se aprestaba a desplegar contra Irak la primera demostración de fuerza de la era unipolar. Otra opción es la multipolaridad, cuyos más fervientes defensores son, por supuesto, quienes aspiran a la formación de centros que funcionen como contrapeso a Estados Unidos: Francia, Rusia y China. Frente a esta pretensión, Anthony Blair –Primer Ministro del Reino Unido– agitó el fantasma de las guerras mundiales generadas por la multipolaridad antes de 1945, para abogar por un mundo unipolar bajo el liderazgo de Washington.
Los partidarios de la multipolaridad no están en condiciones de construir, por sí mismos, un eje mundial; al menos no hasta dentro de varias décadas, en el caso de los más grandes: China y Rusia. Francia, por su parte, está lejos de acariciar este objetivo: el proyecto de París pasa por la construcción de una “Europa-potencia”, si no a partir de la Unión Europea, al menos mediante la conformación, en una primera etapa, de un frente franco-germano. La oposición conjunta a la invasión de Irak en 2003 llevó a que París y Berlín establecieran una concertación tripartita junto con Moscú.
Rusia persigue, de hecho, dos caminos que considera complementarios. A su política de cooperación europea se suma una política asiática basada en su cooperación con China, a la que se suma Irán; India es cortejada a su vez por esta alianza asiática y Washington. Desde el derrumbe de la URSS, Beijing se convirtió en el primer cliente de armamento ruso, y ambos países realizaron en 2005 sus primeras grandes maniobras militares conjuntas.
Comienza a concretarse aquello que los críticos “realistas” de la opción unipolar habían anunciado, incluso en Estados Unidos: la opción unipolar de Washington suscita un tendencia a la alianza de las potencias de rango inferior, con el fin de contrarrestar la hegemonía de la hiperpotencia. Para conjurar esto, sería necesaria una política que le permita al imperio asegurarse de que la dependencia de cada socio prevalezca sobre la tentación de aliarse en su contra. Pero el perfil de la política exterior de la administración Bush se encuentra en las antípodas de esta sofisticación.
Instrumentos militares de una dominación
Desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos extendió su imperio mundial a la esfera soviética. Para ello necesitó consolidar su estatus de superpotencia militar.
Tras una real disminución de los gastos militares estadounidenses a comienzos de los años 1990 con relación al pico alcanzado bajo la presidencia de Ronald Reagan, la opción unipolar se reflejó en el mantenimiento del presupuesto de Defensa a un nivel comparable, en dólares constantes, al promedio que se registraba en tiempos de la Guerra Fría. Pero a partir de 1998, la administración Clinton lanzó un nuevo programa de largo plazo de aumento de los presupuestos militares.
Esta tendencia se aceleró después del 11 de Septiembre de 2001, con las expediciones guerreras de la administración Bush. Así, los gastos militares de Estados Unidos, que equivalían a un tercio del total mundial en 1995, llegaron a representar cerca de la mitad en 2005, con lo que se profundizó la brecha con el resto del mundo.
En agosto de 1990 la invasión de Kuwait por Irak le dio la ocasión a Washington de demostrar que el fin de la Guerra Fría no significaba para nada que Estados Unidos estuviera dispuesto a abandonar el papel de gendarme del sistema mundial. Esto le permitió también reinstalarse por la fuerza en una región altamente estratégica. Al asegurarse el control directo del Golfo Pérsico, que contiene dos tercios de las reservas mundiales de petróleo, Washington se apoderó de una formidable carta de triunfo en su relación con sus aliados europeos y japoneses y también con China, todos dependientes de estos recursos.
En 1991, cuando se disolvió el Pacto de Varsovia, se decidió no sólo mantener la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), sino incluso transformarla de alianza defensiva en “organización de seguridad”. Desde 1994 la administración Clinton optó por extenderla hacia el Este, con grave perjuicio para Moscú. En 1999 se integraron Polonia, Hungría y la República Checa, seguidas por las tres repúblicas bálticas de la ex URSS, así como por Bulgaria, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia (2004). Esta expansión está destinada a continuar, en especial para incluir a Ucrania.
“EXTRALIMITADO”
Estos movimientos se acompañan con un nuevo despliegue de la OTAN –en tanto brazo armado aéreo de la Organización de las Naciones Unidas– en Bosnia (1994-1995), luego con su primera participación directa en la guerra en Kosovo (marzo-junio de 1999). La OTAN, reducida al papel de fuerza suplente de Estados Unidos en algunas expediciones militares, recibió también el encargo de administrar territorios que Washington no deseaba gestionar directamente, como Kosovo. En Afganistán aumentaron sus tareas combativas.
En el otro extremo de Eurasia, Washington renovó su alianza militar con Japón y se opuso a las reivindicaciones de Pekín sobre Taiwán. La tensión en torno del conflicto taiwanés alcanzó su apogeo en 1996 con gestos militares de ambas partes. Al mismo tiempo, Washington aumentó cada vez más su presión sobre Corea del Norte.
Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 brindaron a Estados Unidos la ocasión de acentuar su expansión imperial. La guerra de Afganistán le permitió establecerse militarmente no sólo en ese país sino también en algunas ex repúblicas soviéticas del Asia Central (Uzbekistán y Kirguizistán en particular) e incluso en el Cáucaso (Georgia). De esta manera, Washington colocó sus peones en el corazón de la masa continental euroasiática, entre Moscú y Pekín, sus dos potencias rivales más importantes en plena colaboración militar.
La invasión de Irak en 2003 consolidó este dispositivo en la región del Golfo. Al menos éste era el cálculo de Washington. Pero Estados Unidos tiene dificultades para mantener bajo control a Irak, y también Afganistán se le va un poco de las manos. Por más poderosa que sea su tecnología militar, no basta para dominar a la población. Si el Pentágono no llegara a reclutar una cantidad suficiente de nuevos efectivos, el imperio podría descubrir que se ha extralimitado.
Wal-Mart, símbolo de las multinacionales
¿Cómo es posible que de un negocio de barrio haya surgido una cadena de hipermercados que emplea a 1.600.000 personas en todo el mundo, con un volumen de ventas –310.000 millones de dólares en 2005– superior al de Exxon Mobil?
A partir de una pequeña tienda abierta en 1962 en uno de los estados más pobres del país (Arkansas), Sam Walton creó un imperio cuyos herederos son dos veces más ricos que Bill Gates (90.700 millones de dólares en 2005 para los primeros, frente a 46.500 millones para el segundo). ¿Cómo?
El modelo de “cero stock, cero seguridad”, que habría de imponerse en todo el mundo, lleva la rúbrica de Wal-Mart. La que es ahora la empresa más grande del planeta innovó en materia de gestión de stock. Posee 7.100 camiones capaces de evitar que alguna sucursal amontone lo que no vende mientras que a otra le falta lo que necesita. Cuando sus grandes camiones son sometidos a revisaciones mecánicas para que puedan circular un kilómetro más por cada litro de combustible, Wal-Mart economiza US$ 50 millones por año. Y además esto le permite presentarse como empresa preocupada por proteger el medio ambiente.
A la firma de Bentonville (cuyos locales en Estados Unidos reciben unos 130 millones de clientes por semana) se le atribuye un papel determinante en el aumento de la productividad obtenido por la economía estadounidense durante 1990. Pero antes de adquirir ese nivel de influencia, Wal-Mart había logrado consolidar su negocio en Arkansas y en las zonas rurales del sur de los Estados Unidos ignoradas por la competencia. Reinvirtió sus ganancias (que sumaron algo más de US$ 10.000 millones en 2005) para asegurar su expansión geográfica. Actualmente hay 5.000 filiales de la multinacional desplegadas en todo el mundo. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) le permitió a la empresa desembarcar primero en México en 1991, luego en Canadá tres años más tarde. Siguieron Brasil y Argentina (en 1995). Más tarde vinieron China (en 1996), Alemania (en 1998) y el Reino Unido (en 1999). India, que cuenta con 12 millones de pequeños comercios a menudo poco rentables, constituye la nueva frontera de Wal-Mart, sobre todo porque el mercado estadounidense, que aún aporta el 80% de las ventas de la empresa, comienza a ser menos prometedor.
Seleccionando a sus proveedores allí donde la mano de obra es más barata y más sobreexplotada, Wal-Mart aprovechó muy bien la apertura comercial impulsada por sus amigos de Washington, pero también por el Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y Comercio (GATT), y luego por la Organización Mundial de Comercio (OMC). Esta es sólo una de las manifestaciones del carácter político –y muy influido por la política– del éxito de la firma. En 1992 el padre del actual presidente de Estados Unidos concedió a Sam Walton la más alta distinción civil estadounidense. Su sucesor, William Clinton, se mostró igualmente solícito. Por último, George W. Bush pudo siempre contar con el apoyo material de una multinacional que destina la mayor parte de sus donaciones al Partido Republicano.
El teórico liberal Friedrich Hayek ya lo explicaba en 1974: “Si queremos conservar una mínima esperanza de retorno a una economía de libertad, una de las cuestiones más importantes es restringir el poder sindical”. En Wal-Mart la “cuestión” está solucionada: cada vez que en Estados Unidos los empleados de uno de sus locales deciden, tras una inmensa batalla, afiliarse a un sindicato, el local cierra. Esta empresa, que emplea a más del 1% de los asalariados estadounidenses, contribuye así a la desindicalización. Este es el primer paso de una política de deflación salarial que en la administración republicana, pero también demócrata, muestra poco apego a las leyes estadounidenses que garantizan el derecho sindical.
Las transformaciones de la economía occidental –retroceso del sector industrial y avance de los servicios– refuerzan también el modelo Wal-Mart. Cada vez que una fábrica de automóviles cierra y un supermercado abre, un núcleo de fuertes tradiciones obreras y salarios adecuados es reemplazado por su contrario, lo que acelera la escalada de la precariedad. La multinacional de la distribución es conocida por sus remuneraciones cercanas al nivel de pobreza y por dejar en manos de la asistencia pública la protección de sus asalariados frente a las intemperies de la vida.
Detrás de las revoluciones de “color”
Si está al servicio del poder, la promoción de la democracia es, cuanto menos, ambigua. Cientos de organizaciones llamadas no gubernamentales (ONG) trabajan para democratizar al mundo. Ahora bien, ¿dónde está el límite entre la acción al servicio del Estado y la defensa de un ideal considerado universal?
Con el fin del mundo bipolar a nivel planetario se impone cada vez más el modelo occidental, en particular el estadounidense. Para referirse a los Estados que no adoptaron este modelo se habla de “transición”… hacia la democracia. Cientos de organizaciones se dedican a ello y ya se habla de “ONGización”.
Por ejemplo, en Georgia, país estratégicamente importante para Washington, se crearon alrededor de mil ONG locales, financiadas y sostenidas por medio centenar de ONG extranjeras, pero también por organismos internacionales: la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y sus diferentes áreas, como el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) o el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), o el Banco Mundial; la Organización para la Seguridad y la Cooperación (OSCE) o el Consejo de Europa; o incluso la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Entre las organizaciones extranjeras presentes en esta ex república soviética hay estructuras muy diferentes según el tamaño, la ideología, las fuentes de financiamiento o los vínculos con los gobiernos. Algunas ONG son puramente privadas, como el Open Society Institute (OSI), del multimillonario estadounidense George Soros. Otras, aunque privadas, reciben contribuciones públicas, como Care o World Vision. Algunas emanan directamente de partidos políticos estadounidenses, como el National Democratic Institute (INDI) o el International Republican Institute (IRI); o alemanes, como las fundaciones Friedrich-Ebert (socialdemócrata) o Heinrich-Böll (vinculada con los verdes). También se encuentran entidades oficiales “de desarrollo”, como la United States Agency for International Development (USAID) o la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (SDC).
Se financian programas de todo tipo: defensa de los derechos de la mujer, apoyo a los pequeños comercios, promoción de la sociedad civil, prevención contra el sida, protección del medio ambiente, capacitación de periodistas o jueces, reforma educativa, etc. Pero se impone un único modelo. Los principios fundamentales de la “democracia” condicionan cada vez más la ayuda que se aporta a un país. ¿De qué se trata todo esto?
No todas las organizaciones trabajan para la difusión de un modelo ideológico al servicio de su Estado. La diversidad de entidades que actúan en el ex bloque soviético, por ejemplo, hace que transmitan muchas variantes del modelo democrático y liberal: obligan a ello tanto las sensibilidades nacionales de los donantes como la cultura de la ayuda al desarrollo. Pero es indudable que Estados Unidos tiene el principal papel, lo que suscita críticas porque la ayuda que se brinda está a menudo sesgada.
Ciertas organizaciones se defienden. Tal vez sean sinceras. Se plantea la cuestión de su actividad, no deseada como tal, para afirmar y reforzar el poder de su país. ¿Es ése el propósito, por ejemplo, de las misiones religiosas protestantes, presentes en todo el territorio de la ex URSS? Hay una frontera tenue entre “estrategia” y una visión mesiánica del mundo, la fe en la vocación estadounidense por hacer el Bien.
La estrategia de Estados Unidos apunta, manifiestamente, a imponer su modelo democrático liberal. Irak, Kosovo o Afganistán son considerados ejemplos de “democratización impuesta”, una contradicción es sí misma. Por otra parte, Washington sostuvo o sostiene dictaduras, de modo que lo esencial no es la democratización, sino el control.
Las organizaciones estadounidenses que sirven a esos objetivos pueden impulsar cambios de régimen. Es lo que sucedió en Belgrado en 2000, Tbilisi en 2003, Kiev en 2004 y Bichkek en 2005, donde revoluciones no violentas derribaron a gobiernos corruptos gracias al apoyo de entidades estadounidenses. La Freedom House, el NDI o la Fundación Soros ayudaron a la oposición a desafiar a los regímenes en el poder, a organizar una estricta vigilancia del proceso electoral, a favorecer a los medios de comunicación opositores… Una promoción democrática cuando menos ambigua.
Biografía: GEORGE SOROS
1946: Huye de Hungría, bajo la ocupación soviética.
1947: Estudia economía en la London School of Economics (Reino Unido).
1956: Se convierte en agente de bolsa en Wall Street.
1969: Crea el fondo de inversiones Quantum Fund en el paraíso fiscal ce Curacao, denunciado regularmente por el Grupo de Acción Financiera sobre Lavado de Dinero (GAFI).
1990: Salva a George W. Bush de la quiebra cubriendo sus deudas a través de las sociedades Harken Energy y Spectrum 7, para comprar “influencia política” (sic).
1992: Entra en el Carlyle Group (firma líder en la gestión de carteras de valores), y se ocupa de los patrimonios de los Bush y los Ben Laden.
1992, 16 de Septiembre: Se convierte en “el hombre que hace saltar el Banco de Inglaterra” por especular contra la libra esterlina: 1.100 millones de dólares de ganancia. El Banco de Inglaterra tiene que sacar su moneda del Sistema Monetario Europeo (SME).
1997: Durante la crisis financiera asiática especula con la divisa malaya (el ringgit). Esta operación le costará a Tailandia dos años de desarrollo.
2002: Lo condenan a pagar una multa de 2,2 millones de euros por abuso de información privilegiado en el escándalo de la Societé Générale (que databa de 1998)
2004: El ranking de la revista Forbes lo ubica en el 24º puesto entre las mayores fortunas de Estados Unidos, su patrimonio está estimado en 7.200 millones de dólares.
Cómo fue la construcción y ampliación de Europa
La caída del Muro de Berlín, elemento fundamental en la recomposición de los equilibrios mundiales, marca también un punto de inflexión en la construcción europea. Pero la ampliación acentúa la contradicción entre los objetivos proclamados de la Europa política y la realidad explosiva de un gran mercado competitivo.
Concluida la Segunda Guerra, la mayor parte de los Estados de Europa Occidental se integró a las organizaciones intergubernamentales de la Guerra Fría, no exclusivamente europeas: la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), a cargo del Plan Marshall (1947) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN, 1948). La “otra Europa” (a excepción de la disidente Yugoslavia) respondió con el establecimiento del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME), en 1949, y el Pacto de Varsovia, en 1955. Los proyectos de comunidad política europea y de Comunidad Europea de Defensa (CED) quedaron sepultados desde la muerte de Stalin (1953). Europa Occidental siguió siendo en sí misma políticamente débil, y el embrión de seis miembros de la Europa comunitaria, que vio la luz con el Tratado de Roma (1957), tuvo un fundamento básicamente económico: Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), Euratom y Comunidad Económica Europea (CEE). Sus promotores buscaron el surgimiento de una Europa política a partir de una integración económica, pero los frenaron los persistentes conflictos entre los Estados y las concepciones atlantistas defendidas principalmente por el Reino Unido. En 1960, el gobierno británico impulsó la constitución de la Asociación Europea del Libre Comercio (AELE) en oposición a la CEE, y procuró luego incorporarla a ella, para producir un cambio en su concepción teórica.
EN BUSCA DE LEGITIMIDAD
La CEE, convertida en Unión Europea (UE) por el Tratado de Maastricht (1993), fue dotada de instituciones comunes (Consejo de Ministros, Comisión, Parlamento, Corte de Justicia). La mayor parte de sus miembros habían adherido desde 1979 al Sistema Monetario Europeo (SME), basado en el European Currency Unit (ECU), unidad de cuenta común. Pero hasta el Acta Única Europea (AUE) de 1986, las políticas comunes convivieron con un control de los movimientos de capitales y políticas económicas y monetarias propias de cada uno de los Estados. Durante las tres grandes olas de ampliación anteriores a la de mayo de 2004, la CEE procuró amortiguar sus desigualdades crecientes y modificar su imagen de “Europa de los comerciantes”. El aumento de los fondos estructurales presupuestados (que apuntaron a reducir las disparidades en el nivel de desarrollo) y la elección del Parlamento Europeo por sufragio universal a partir de 1979 dieron muestra de ello.
La AUE de 1986 marcó un viraje hacia la libre circulación de los capitales en un mercado europeo unificado. Después de la caída del Muro de Berlín, el Tratado de Maastricht estableció criterios ultra monetaristas para adherir a la futura moneda, con el fin de captar al Bundesbank, abrumado entonces por el costo de la unificación alemana. Estados Unidos sacó partido de la parálisis de las diplomacias europeas frente a la crisis yugoslava para volver a enviar fuerzas de la OTAN al Este y asentar la construcción europea dentro de un marco atlantista. A fines de 1999, luego de la guerra de la OTAN (Kosovo), la UE decidió acelerar el proceso de ampliación hacia el Este.
El gasto público y social de los Estados miembros quedaría en adelante sujeto a normativas de “estabilidad”, y el presupuesto europeo llegó a representar el 1,24% del ingreso bruto de la Unión. Aunque más pobres y dependientes de la actividad agrícola, los nuevos miembros no gozarían de las mismas transferencias de fondos que el sur de Europa, Irlanda o los Länder del este de Alemania. El mecanismo principal de financiamiento de las nuevas inclusiones sería una política de atracción de capitales extranjeros a través de la reducción de los impuestos y las cargas sociales. El proyecto de Tratado Constitucional apuntaba a dar legitimidad política a esta orientación socialmente regresiva, presentándola como la única base posible de una construcción europea pretendidamente solidaria, cuando en realidad se reducía cada vez más a una competencia comercial generalizada.
La fragilidad de esta normativa destructora de las protecciones sociales y carente de real unidad política sólo se atenuaba con la esperanza de resultar menos mala que las xenofobias… cuando en realidad las alimentaba. La convicción de que es posible una resistencia europea al actual orden mundial de hegemonía estadounidense se topa con la realidad de los tratados y las decisiones presupuestarias de la actual Unión.
Ya están previstas otras incorporaciones (Bulgaria y Rumania en 2007, Croacia, Macedonia y Turquía, con quienes se inician las conversaciones, y también, negociaciones de pre-adhesión con los otros países de la ex Yugoslavia). Dado que responden a la misma lógica, éstas no podrán sino acentuar las contradicciones de esta construcción.
El mundo desde Moscú
Debilitada por sucesivas crisis económicas a partir de 1991, Rusia ve actualmente cuestionado su papel incluso en zonas fronterizas que hasta hace poco consideraba dominio de su soberanía. Los dirigentes del Kremlin no parecen haber evaluado en toda su magnitud los cambios posteriores a la Guerra Fría.
La “revolución de las rosas” en Georgia a fines de 2003, la “revolución naranja” en Ucrania a fines de 2004, las mutaciones políticas en Moldavia y Kirguizistán en 2005, ilustran claramente el fin del monopolio de poder ejercido por Moscú en su espacio geoestratégico. Sin embargo, muchos observadores –no sólo rusos– consideraban hasta fines de los años ´80, que éste era el “coto vedado” de Rusia. Los acontecimientos recientes reflejan el nuevo papel de Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que al igual que el Kremlin, intervinieron abiertamente en los procesos electorales de esos países.
De hecho, los dirigentes del Kremlin tardaron en evaluar la magnitud de los cambios políticos posteriores a la Guerra Fría, en particular, la decisión de Washington de aprovechar el debilitamiento ruso para consolidar avances estratégicos, tanto en el istmo del Mar Báltico y el Mar Negro como en el flanco sur de Rusia, desde el Cáucaso hasta Asia Central. Señal indiscutible de ese debilitamiento, tras la integración de los Estados bálticos a la UE y la OTAN, fue la llegada al poder, en varios de los nuevos Estados independientes, de presidentes o coaliciones políticas explícitamente contrarias a los vínculos de dependencia con Rusia.
DIVORCIO AMISTOSO
El mismo presidente Vladimir Putin admitió, en un discurso que pronunció en Erevan en marzo de 2005, que la Comunidad de los Estados Independientes (CEI) se había creado exclusivamente para “permitir un divorcio en buenos términos” de las repúblicas soviéticas. Esta tesis había sido enunciada en diciembre de 1991, en el momento de la creación de la CEI, por Leonid Kravtchuk, el entonces presidente ucraniano. Pero el divorcio en cuestión incluía una cláusula fundamental, y ventajosa para Rusia, en el sistema de intercambios económicos: a partir de su independencia, las nuevas repúblicas quedaron obligadas a pagar en divisas su importaciones (sobre todo, en materias primas) provenientes de Rusia. Quedaban así canceladas la viejas relaciones de trueque. Con la aspiración de lograr una inserción propia en el comercio mundial, y despojados de las viejas ventajas económicas que les deparaban los lazos con Moscú, los nuevos gobiernos independientes buscaron rápidamente soluciones alternativas fuera de la ex URSS. La política ambigua que propuso Moscú (hidrocarburos a precios muy inferiores a las cotizaciones mundiales a cambio del control de sectores estratégicos en las economías de sus vecinos) suscitó legítimas aprensiones en la CEI, que siempre fue una organización “blanda”, incapaz de superar el estadio de las promesas piadosas.
La decisión de los otros Estados de desprenderse lo antes posible de la influencia rusa se relaciona también con la intervención de Moscú en conflictos locales que recrudecieron a principios de los años ´90, desde Transnistria hasta Karabaj, pasando por Agjasia y Osetia. Sin duda, la nueva Rusia no originó los conflictos, que en muchos casos tenían raíces soviéticas, e incluso pre-soviéticas, sin olvidar el incierto tratamiento de las minorías en los nuevos Estados independientes. Pero con su empantanamiento en Chechenia, el Kremlin no parecía un recurso confiable para solucionar los otros conflictos secesionistas que, por el contrario, intentó utilizar para sus propios fines. Tal fue uno de los principales argumentos que utilizaron los estadounidenses cuando en 1997 se creó el GUAM (iniciales de los miembros: Georgia, Ucrania, Azerbaiján y Moldavia), que reunió a los miembros rebeldes de la CEI.
Paradójicamente, la crisis financiera de 1998 le permitió a Rusia recuperar el crecimiento económico. Además de un tipo cambiario más favorable a la industria nacional, la benefició el afianzamiento de un Estado fuerte en sus relaciones con las regiones y con la oligarquía, y a todo eso se sumó el alza de la cotización del petróleo. Los inversores rusos están muy activos en todos los países vecinos, y podrían jugar un papel dinámico si la falta de transparencia en la compra de muchas empresas estratégicas no avivara viejas desconfianzas.
Pero Moscú se ve obligado a revisar su estrategia regional en un contexto difícil. La mayor parte de sus vecinos teme los efectos del rebrote de autoritarismo en Rusia, y casi todos los aliados del Kremlin son dictaduras –como Bielorrusia, Turkmenistán o Uzbekistán–. No será fácil, en estas condiciones, emprender la construcción de un “espacio económico común” propuesta por el presidente Putin como base para una reforma de la CEI.
Presión en los márgenes, de Rusia al Sahara
Como única hiperpotencia mundial, Estados Unidos interviene cada vez más abiertamente en las zonas de influencia de otros países. Las frases ampulosas sobre los grandes principios están acompañadas por lo general de preocupaciones más materiales. Los márgenes de la desaparecida URSS y el África francófona constituyen buenos ejemplos.
Al comienzo de su segundo mandato, el presidente estadounidense George W. Bush confirmó el carácter mesiánico de su presidencia. En su discurso de investidura, bautizado “discurso de la libertad”, establecía que era tarea de su país combatir la tiranía “en los rincones más oscuros” del planeta. Pero más allá de este llamado a “liberar al mundo”, los factores que parecen determinar las prioridades estadounidenses son mucho más prosaicos.
Tras la Segunda Guerra, los grandes actores internacionales respetaron en mayor o menor medida una división del mundo en áreas de influencia que superaban ampliamente el marco europeo establecido en Yalta. Además de la URSS y sus satélites europeos, se hablaba del coto privado de Francia, el Zagreb y el África Negra francófona; o también del cuasi-monopolio de Estados Unidos en el continente americano. Este acuerdo tácito era relativo y ciertos acontecimientos marcaron bien sus límites (crisis de Cuba, apoyo occidental a las protestas sociales y políticas en Europa del Este, etc.). El fin de la Guerra Fría y del esquema bipolar vuelven a cuestionar esos equilibrios, mucho más allá del espacio post soviético.
El debilitamiento y luego el estallido de la URSS provocaron una conmoción en Europa, con la ampliación del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) así como de la Unión Europea (UE). Además de esas dos organizaciones regionales, muchos países intentaron rápidamente aprovechar esta nueva situación, como Alemania, cuya Ostpolitik encontró un nuevo campo de aplicación. Pero indudablemente, Estados Unidos es el principal actor de la recomposición del espacio post soviético, con todo tipo de intervenciones: tratados bilaterales de cooperación económica o militar, que con frecuencia comprenden elementos de dominio político; o multilaterales, como el apoyo a la creación del GUAM (iniciales de los miembros: Georgia, Ucrania, Azerbaiján y Moldavia), o la organización de Estados contestatarios en el mismo seno de la Comunidad de Estados Independientes (CEI).
La presión sobre Rusia se aceleró con el pretexto de asegurar el acceso a las riquezas petroleras del Mar Caspio; luego mediante las operaciones “antiterroristas” en Afganistán e Irak, el establecimiento de bases militares (Uzbekistán, Kirguizistán, Tayikistán) o sólidos puntos de apoyo (Georgia, Azerbaiján). Incluso a través de Organizaciones No Gubernamentales (ONG), el apoyo a las “revoluciones” políticas en Georgia a fines de 2003, en Ucrania a fines de 2004 y en menor medida en Moldavia y Kirguizistán, completa esta estrategia de debilitamiento a largo plazo de Rusia en su tradicional espacio de influencia.
Pero esta actividad de Estados Unidos no se limita al ámbito euroasiático: se despliega también sobre otros continentes, África por ejemplo. Como en la ex URSS, el factor del petróleo (a más aún, de recursos claves como diamantes y metales raros) y el control de las vías de acceso a esas riquezas (principales puertos, ferrocarriles y ductos) determinan a menudo los ejes de intervención. Los modos de acción son bastante similares, desde el activismo de las ONG o Iglesias protestantes estadounidenses –que difunden el modelo cultural de ese país o identifican e intentan atraer a las nuevas elites– hasta el establecimiento de acuerdos oficiales, políticos y económicos que, mientras organizan la ayuda al desarrollo o a la seguridad, suelen imponer a las empresas estadounidenses como beneficiarias de los contratos más rentables. También allí la presencia militar, lograda en un primer momento mediante tratados de asistencia y capacitación, seguidos a veces por el establecimiento de bases, es la manifestación más tangible del activismo de Washington, desde el Zagreb hasta Somalia, desde Egipto hasta el Golfo de Guinea.
En Moscú y en París esta conducta provoca una creciente irritación, así como en ciertos ámbitos británicos o alemanes. También se perciben críticas cada vez más virulentas dentro de Estados Unidos, ante las contradicciones de una política que para lograr sus objetivos se apoya fácilmente en regímenes autoritarios o corruptos, tanto en Asia Central como en algunos países africanos.
África, espejo del mundo
La mundialización no hace honor a su nombre. En la práctica, se reduce a la extensión planetaria de un modelo económico: el capitalismo liberal. Víctima emblemática de este sistema, el caso de África recuerda que el progreso social pasa por el respeto a las culturas y dinámicas propias de cada sociedad.
Más allá de lo que digan las cifras de los ingeniosos informes del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario Internacional (FMI), África es el único continente cuyos indicadores económicos, sanitarios y sociales se degradan constantemente. El mundo parece observar impotente la lenta descomposición de sociedades minadas por guerras donde se disputan recursos naturales o poder político y por conflictos entre grupos religiosos o clanes.
Sin embargo, hay una paradoja singular en el continente negro: no por ser víctima de la mundialización deja de tener en ella un importante papel, en especial como reserva de materias primas. El libre comercio permite el saqueo oficial mediante una forzada apertura de las economías. Según Samir Amin, en el cálculo de su Producto Interno Bruto (PIB), las exportaciones representan el 45% en el caso de África, contra entre el 15% y el 25% en los otros continentes. De esta manera, el continente participa pasivamente en la economía mundial beneficiando a las potencias capitalistas, sobre todo las occidentales. La lógica del vuelco pasivo hacia el exterior de economías y sociedades, antes en beneficio del colonizador, hoy en favor de los prestadores de fondos, prosigue bajo nuevas modalidades, sin que la naturaleza del proceso cambie.
OBJETIVOS MINIMALISTAS
Así, bajo el paraguas de la “lucha contra la pobreza” y tras algunas frase plañideras, la Comisión para África, presidida por el primer ministro británico Anthony Blair, recetó el medicamento que mata: la liberalización del comercio y de la economía. En julio de 2005, el Grupo de los Ocho condicionó la condonación de la deuda de 18 países a la aceleración de las medidas de liberalización y privatización. Además, está muy mediatizada propuesta sólo alcanza a 18 de los 62 países donde Naciones Unidas recomendó esta medida para acercarse a los objetivos, por cierto minimalistas, del Milenio.
Si bien las clases dirigentes africanas son agentes activos de este drama histórico –la situación social de muchos países se origina también en el acaparamiento de los recursos por parte de los clanes que ejercen el poder– su responsabilidad se inscribe en un marco establecido por otros e impuesto implacablemente por instituciones que son multilaterales sólo en el aspecto formal. Armado con dos temibles instrumentos coercitivos que domina casi con exclusividad –el dinero y el derecho– el liberalismo globalizado dicta, administra y sanciona: “planes de ajuste estructural”, condiciones para la ayuda, reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), etc.
A partir de los años 1970-1980 los prestadores de fondos, tanto públicos como privados, hicieron que África pasara por las horcas caudinas de la mundialización liberal. Entonces, la crisis de la deuda, en gran parte engendrada por las recetas y las decisiones de las grandes potencias económicas, estrangulaba a los jóvenes Estados independientes. El fracaso de esas políticas es patente: actualmente, de los 49 países menos desarrollados del mundo, 33 se encuentran en el África Subsahariana. Los 27 países más pobres se encuentran al sur del Sahara. Sin embargo, los jefes de Estado del continente negro aceptan continuar con la mortífera lógica de los condicionamientos, con la Nueva Estrategia de Cooperación para el Desarrollo de África (Nepad).
La injusticia del orden económico mundial, basada en la primacía del dinero y la competencia, se revela sobre todo en este continente, donde los daños se miden en términos de vida y muerte. Vista desde África, la “mundialización feliz” aparece como lo que es: una siniestra estafa.
No obstante, en todo el continente las sociedades resisten y crean: existen muchas y variadas asociaciones en todos los ámbitos, en especial en el sector social. Por todas partes se desarrollan foros sociales y el Foro Social Mundial 2007 tendrá lugar en Nairobi (Kenia). La diversidad cultural que se invoca aquí y allá podría tener una expresión concreta si los poderosos de todo el mundo aceptaran por fin que el progreso económico y social de los continentes puede seguir caminos diferentes. Para lograrlo, África tendría que buscar en las raíces de su patrimonio cultural, donde la solidaridad y la voluntad de compartir son valores esenciales que juegan un papel central. Tanto sociólogos como economistas demostraron cuánto podría aportar la economía informal a la creación de una economía solidaria. ¿Puede África convertirse por fin, más allá de los hechizos, en sujeto de su propia historia y dejar de ser objeto de la de otros?
Ola de independencia en América Latina
Considerada durante mucho tiempo como el “laboratorio” y la víctima de las políticas neoliberales, América Latina se convierte en símbolo de la resistencia a ese sistema. En retroceso, Washington encuentra dificultades para frenar los esfuerzos de integración de esta parte del continente, a pesar del apoyo de sus aliados regionales.
En América Latina, la pobreza (225 millones de personas, el 43,9% de la población), las carencias en materia de educación y salud, la desigual distribución de ingresos y la concentración de la riqueza provocan un generalizado rechazo al modelo neoliberal. Resistencia civil, manifestaciones masivas, insurrecciones… Los movimientos sociales llegaron a derrocar a cinco presidentes que fueron responsables de quiebras económicas (Argentina, 2001), dictaron medidas antipopulares (Ecuador, 1997 y 2005), o sancionaron la privatización del agua y el gas (Bolivia, 2003 y 2005). En la mayoría de los casos, esta oposición se desarrolla lejos de los tradicionales partidos políticos, desprestigiados, desprovistos de ideología y de base popular. Por esta razón, tanto Washington como los medios conservadores denuncian a los “populismos radicalizados”. Se entiende que este concepto engloba a cualquier corriente opuesta al neoliberalismo o que promueva una concepción latinoamericana de la democracia participativa y a cualquier dirigente que se relaciones con ella, como el presidente venezolano Hugo Chávez.
Aunque los regímenes cubano y venezolano no tienen nada en común, Hugo Chávez constituye, junto con Fidel Castro, el polo radical de este conflicto. En el corazón del pensamiento “bolivariano” desarrollado en Caracas se expresa la visión de una América Latina democrática, compuesta por estados que cooperan para constituir un bloque independiente que dé prioridad a la reducción de las desigualdades. Tal es el proyecto que el presidente venezolano denomina un “nuevo socialismo”, y pretende desarrollar a través de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA).
UN “NUEVO SOCIALISMO”
Esta iniciativa, aún en gestación, choca de frente con el proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que promueve Washington para lograr la apertura de todos los sectores de la economía, incluidas la salud y la educación. A pesar del apoyo de sus aliados (México, América Central, Chile, Colombia, Perú, así como Ecuador y Bolivia antes de la caída de sus anteriores gobiernos), Estados Unidos fracasó en su intento por imponer ese “gran mercado continental”.
Varios países se inclinaron hacia el centroizquierda o la izquierda con la llegada al poder de Néstor Kirchner (Argentina), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay), Martín Torrijos (Panamá) y Evo Morales (Bolivia). Más allá de la divisoria de aguas derecha-izquierda, hay una forma de nacionalismo económico que acerca a esos presidentes a Chávez, a quien se niegan a aislar, como pretende el Departamento de Estado estadounidense. A tal punto que el 2 de mayo de 2005 Washington perdió, por primera vez en 60 años, el control de la Organización de Estados Americanos (OEA) con la elección como secretario general del chileno Miguel Insulza. Tras su fracaso en Colombia, donde perduran las últimas guerrillas, Washington considera a Chávez como su “pesadilla”. Las reformas sociales instauradas en Caracas inspiran en gran medida a los opositores a Estados Unidos en la región. Pero Venezuela, quinto productor mundial de petróleo y segundo proveedor en importancia para Estados Unidos, constituye una apuesta estratégica (igual que los países ricos en hidrocarburos y gas: México, Colombia, Ecuador y Bolivia).
Por esta razón el Pentágono mantiene una fuerte presencia militar en la región andina y en América Central. Utilizando la “lucha contra el terrorismo” como cortina de humo, invoca el peligro que representan los actores armados no gubernamentales (guerrillas, mafias, narcotraficantes, delincuencia común, grupos terroristas internacionales) y se inquieta ante el surgimiento de un fuerte movimiento indígena (México, Ecuador, Bolivia, Chile) capaz de converger con los sectores sociales radicalizados (los Sin Tierra brasileños, paraguayos y ecuatorianos, los piqueteros argentinos, los grupos antimundialización, etc.). Sin embargo, Estados Unidos no logró imponer una nueva concepción de la seguridad preventiva ni constituir una fuerza multinacional bajo el mando del Pentágono, una pretensión que rechazan, entre otros, Venezuela, Brasil y Argentina, en nombre de la soberanía nacional y la no injerencia en los asuntos de los países.
El comercio de armas marcha bien
A pesar del fin de la Guerra Fría, la militarización se acelera. Estados Unidos, que se lanzó a una “guerra contra el terrorismo”, genera la mitad de los gastos militares de todo el mundo, mientras que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) acumula los dos tercios del total. El mercado chino es muy codiciado.
En 2004 los gastos militares mundiales (incluyendo investigación y desarrollo (I+D), equipamiento y mantenimiento) alcanzaron 1.035.000 millones de dólares corrientes, lo que representa un aumento de más del 30% en dólares constantes desde 1998. Pero se trataba del punto más bajo (en términos de gastos militares) del período en que los “dividendos de la paz” aún llenaban discursos, luego del fin de la Guerra Fría. Dividendos que se evaporaron antes, incluso, de llegar a materializarse…
La necesidad de reforzar la “seguridad” (doctrina de la administración Bush, documento “Solana” adoptado por el Consejo Europeo en diciembre de 2003) figura actualmente entre las prioridades. El Departamento de Seguridad Interior, creado en Estados Unidos luego del 11 de septiembre de 2001, cuenta con un importante presupuesto (independiente del que le corresponde al Ministerio de Defensa) que financia la investigación desarrollada por los grandes grupos de la industria bélica. Estados Unidos genera la mitad de los gastos militares mundiales y su superioridad es aun mayor en el terreno de investigación, desarrollo y producción de armas.
En el marco de la Unión Europea (UE) la Comisión se muestra muy activa en la tarea de financiar programas vinculados con la seguridad. El séptimo Programa Marco de Investigación y Desarrollo, lanzado en abril de 2005, incluye una partida presupuestaria para gastos de seguridad y espaciales (ambos sectores se consideran muy vinculados entre sí) por 3.500 millones de euros. Esas sumas se añaden a los gastos de I+D militar.
El diseño de equipamientos destinados a enfrentar las amenazas militares y civiles abre prometedores mercados. La agenda de seguridad de la “post Guerra Fría” adoptada por Estados Unidos y la UE consolida de esa forma los sistemas industriales bélicos. La “transatlantización” de las industrias de armamento va en aumento, pues la producción de armas es ante todo un asunto euro atlántico. El costo enorme de las nuevas generaciones de sistemas de armas y los desafíos tecnológicos que presentan obligan a una creciente cooperación, lo que también fomentan los accionistas de las compañías del sector.
Durante la década de 1990 creció la gravitación de los inversores institucionales (fondos de pensión, fondos mutuales) en el capital de las compañías estadounidenses del área de defensa. Las presiones ejercidas por la alianza entre el sector financiero y el de la industria bélica fue uno de los factores determinantes del aumento del presupuesto militar de Estados Unidos a partir de 1999, y por supuesto a partir de 2000 (desmoronamiento del Nasquad, retroceso de Wall Street, recesión de la economía, atentados del 11 de septiembre de 2001). Los accionistas no tienen de qué quejarse. Desde hace varios años, los valores bursátiles de los fabricantes estadounidenses de armamentos registran excelentes resultados.
Desde comienzos de la década, esos grupos adquirieron empresas del sector de defensa en la mayoría de los países Europeos, salvo en Francia. Los grandes consorcios europeos del rubro (European Aeronautic Defence and Space Co., BAE Systems, Thales, Finmeccanica, etc.) también deben hacer frente a las exigencias de “creación de valor” para sus accionistas. La lógica lleva entonces a apuntar al mercado estadounidense, para reforzar allí su presencia.
En 2004, los cinco primeros países exportadores concentraron el 81% de las ventas totales de armas. Rusia estuvo a la cabeza, seguida de Estados Unidos y de 12 países europeos, cuyas exportaciones acumuladas no están muy lejos de las que exhibe Estados Unidos. En el período 2000-2004, China fue el principal importador de armas, el 95% de las cuales provenían de Rusia. Pero los proveedores occidentales están dispuestos a hacer muchas concesiones para acceder a ese mercado potencial.
El fin de la Guerra Fría y las posteriores dificultades en los países emergentes y del Sur, que son los principales clientes de la industria bélica, explican la baja en las exportaciones de armas desde hace una década. De allí la intensificación de la competencia entre los vendedores. Los desacuerdos entre Estados Unidos y la UE, y también dentro del ámbito europeo, acerca del levantamiento del embargo sobre las ventas de armas a China decidido en 1989, no obedecen a una cuestión de principios sobre los derechos humanos. En realidad, reflejan las divergencias acerca del lugar que la industria militar debe ocupar en el acceso a un mercado que asoma prometedor; mientras que en el plano geopolítico, se discute el “tratamiento” a otorgar a la potencia militar china, contra la cual Estados Unidos arma masivamente a Taiwán (en 2005 le propuso adquirir equipamientos militares por un monto de US$ 18.000 millones).
El unilateralismo amenaza a las Naciones Unidas
El mundo cuenta actualmente con 350 grandes organizaciones internacionales (frente a sólo 37 en 1909) y está, por lo tanto, más estructurado que nunca. Pero la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de la que depende toda esa red, aún busca su legitimidad, luego de que fracasaran los intentos de reforma en la cumbre de Nueva Cork de septiembre de 2005. La hegemonía de Estados Unidos le asestó un duro golpe.
La idea de una “paz común organizada”, objetivo de la Sociedad de las Naciones, fue formulada en 1918 por un presidente estadounidense, Woodrow Wilson. La idea de crear las “Naciones Unidas” fue presentada en 1942 por Franklin Delano Roosvelt. La ONU, nacida en 1945 en San Francisco e instalada en Nueva Cork, fue la caja de resonancia de las tensiones de la Guerra Fría y tribuna del movimiento de descolonización. Se la criticó a causa de sus resoluciones nunca aplicadas (en particular, sobre el conflicto palestino-israelí), o por su incapacidad para impedir el conflicto somalí, el genocidio en Ruanda o las masacres en Bosnia. Sin embargo, en momentos en que la explosión de los conflictos internos reemplazaba al anterior “equilibrio del terror”, la ONU se presentó como una “muralla contra el caos en las relaciones internacionales” (Javier Pérez de Cuellar, 1990).
Pero la ONU choca con la pretensión estadounidense de subordinar el destino del planeta al de la nación dominante. En los umbrales del nuevo milenio, los dirigentes estadounidenses le habían reclamado a Boutros Boutros-Ghali que fuera “más secretario y menos general”, y le enviaron a su sucesor, Kofi Annan, un mensaje sugestivo: “La reticencia del Consejo de Seguridad a autorizar el uso de la fuerza asestó un golpe mortal a la ilusión, alentada durante décadas, de que se pudiera considerar a la ONU como el fundamento del orden mundial” (Richard Perle, 2003). El actual embajador estadounidense ante la ONU, John Bolton, nombrado por George W. Bush en marzo de 2005, es un ex “halcón” de la guerra en Irak y un decidido partidario del unilateralismo (igual que el presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz).
El Consejo de Seguridad, que durante mucho tiempo se mantuvo bloqueado por la rivalidad Este-Oeste, sólo utiliza de manera excepcional el derecho de veto, prerrogativa de sus cinco miembros permanentes (China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia). El organismo sesiona casi siempre de manera casi permanente: cada año adopta unas 50 resoluciones y entre 1990 y 2001 aprobó 26 sanciones.
La ampliación del Consejo, desde hace mucho reclamada por los países del antiguo Tercer Mundo y por varios “pesos pesados” (Alemania, Japón, India, Brasil) debía ser el tema central en la cumbre de septiembre de 2005. Pero sus miembros permanentes (salvo Francia) se opusieron nuevamente a la iniciativa. La reforma de la Comisión de Derechos Humanos fue dejada para más adelante, a raíz de la oposición de ciertos países a la “injerencia humanitaria”.
La ONU, que cuenta con 191 Estados miembros (frente a los 51 de 1945) procura renovarse. Por eso se abrió, no sin controversias, al sector privado y a la cooperación con la “sociedad civil”, organizando numerosas conferencias importantes: la de El Cairo sobre población; las de Río de Janeiro, Kyoto y Berlín sobre el medio ambiente; la de Copenhague sobre la pobreza; la de Durban sobre el racismo; la de Johannesburgo sobre el desarrollo sustentable. Las operaciones de paz pasaron de 13 durante el período transcurrido entre 1945 y 1987, a 42 en el lapso 1989-2000. La ONU movilizó a más de 70.000 cascos azules y policías, además de 12.000 civiles, tres cuartas partes de ellos en África, y se apoya cada vez más en las organizaciones regionales.
La eficacia de la ONU debe ser medida en el contexto de su escasez de medios financieros y militares: los créditos asignados a las operaciones de paz y a los tribunales internacionales sólo equivalen al 1% o 2% de los gastos militares mundiales. Pero la organización también fue salpicada por irregularidades de gestión, como en Irak, en el marco del programa “Petróleo por alimentos”, un caso que sirvió de argumento a la derecha estadounidense.
Por último, se le reprochó a la ONU servir de pantalla o de herramienta de legitimación de las acciones de las grandes potencias, como en las guerras del Golfo. ¿Acaso Kofi Annan –cuyo segundo mandato concluye en diciembre de 2006– no debió respaldar a Washington, convalidando la definición estadounidense del terrorismo, que no contiene ninguna referencia a sus causas? (Resolución del Consejo de Seguridad del 14 de septiembre de 2005).
En la arquitectura del derecho internacional, el lugar y los medios de acción de la treintena de agencias y de programas especializados de la ONU (sobre salud, refugiados, infancia, desarrollo, etc.) provocan nuevos debates frente al poder de las grandes instituciones financieras y comerciales de la mundialización. Se han creado jurisdicciones específicas (Tribunal Penal para la ex Yugoslavia) o con vocación universal (Corte Penal Internacional), que generaron controversias, pero también esperanzas de ver surgir una justicia internacional.
ONG: hacia una sociedad civil global
Los grandes foros contra la mundialización presentaron formas originales de movilización social. Las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), muy diversas, juegan un papel de primera línea en ese proceso, sin que se las pueda asimilar a los “nuevos movimientos sociales” que se sienten representados por la corriente altermundialista.
Luego de su notable intervención en la Cumbre de la Tierra, organizada por las Naciones Unidas en 1992, las ONG fueron presentadas como el esbozo de una sociedad civil global. La denominación “Organización No Gubernamental” viene de un término acuñado por la ONU: toma como referencia los Estado y las organizaciones internacionales “gubernamentales” que constituyen la base del sistema de las Naciones Unidas. El último cuarto del siglo XX contempló el desarrollo considerable de esos movimientos, en principio independientes de los Estados y en general también de los partidos políticos.
Las ONG son, en primer lugar, asociaciones más o menos especializadas (en ayuda humanitaria de urgencia, desarrollo, derechos humanos, medio ambiente, paz, etc.) que pueden estar formadas por pequeños grupos de expertos, o bien constituir movimientos masivos, y a veces ambas cosas. Muchas ONG nacidas en un determinado país desarrollaron su acción por medio de asociaciones internacionales (por ejemplo, en Francia, el Comité Católico contra el Hambre y por el Desarrollo, CCFD). Algunas se organizaron desde el principio, o progresivamente, a nivel internacional (como Amnistía Internacional). Estas últimas son ONGI, es decir “ONG Internacionales”.
Es decir que la noción de ONG abarca una gran variedad de grupos. En muchos países, donde la libertad de asociación es una conquista reciente o parcial, la noción de ONG equivale a “asociación” en el sentido más amplio de la palabra y no corresponde a la acepción especializada. Pero el desarrollo de un espacio mundial de acción y de financiación de proyectos asociativos generó una proliferación de falsas ONG: las llamadas “gONGos” organizadas por Estados (con “g” por gobierno); “mONGos” organizadas con fines lucrativos y hasta mafiosos (con “m” por mafia); o “fONGos” financiadas por extranjeros (con “f” de foreign). Sin embargo, entre quienes financian se hallan también fundaciones sin fines de lucro, que a veces declaran una ética de ONG (las fundaciones estadounidenses como Ford, o la Open Society de George Soros).
Después del primer Foro Social Mundial de Porto Alegre (2000) también se habla de la emergencia de un “nuevo internacionalismo” de movimientos sociales con relaciones complejas con las ONG. La noción de “movimiento social” hace referencia a fenómenos de masa, propios a cada sociedad, de grupos unidos por uno o varios objetivos que se presentan como actores en el medio político nacional o internacional. Algunas ONG directamente forman parte de esos movimientos (ONG de masas); como expertos simpatizantes o en situación parasitaria (gONGos, mONGos). Otras veces se limitan a trabajar en su propio campo, sin interacción con los movimientos. La acción mundial de las ONG puede asemejarse a una verdadera forma de solidaridad internacional, a una forma de neo-apostolado laico o a una política de influencia clásica (lobbying).
+ 50% EN DIEZ AÑOS
El Observatorio de la sociedad civil creado en Londres por la London School of Economics publica junto a la Universidad de California (Los Ángeles) un informe anual sobre la “sociedad civil global”. Allí se indica que los efectivos declarados por las principales ONGI en el mundo aumentaron, entre 1993 y 2003, en un 50%, y que la cantidad de sus oficinas pasó de 12.547 en 1993 a 17.952 en 2003. Al respecto existe una gran preponderancia de los países ricos (contaban con un 53% de los efectivos y un 82% de las oficinas en 1993, y con un 38% de los efectivos y un 83% de las oficinas en 2003). Pero act5ualmente, el mayor desarrollo de las ONG se verifica en Europa del Este, Asia Central y Asia del Sur, en tanto que Medio Oriente y África del Norte registran un cierto atraso. Las ONG “del Sur”, asiáticas y sudamericanas, y a veces las africanas, lograron aumentar su visibilidad gracias a la organización de foros sociales y a ciertas campañas (como la del Jubileo del Sur, en favor de la anulación de la deuda externa). Uno de los rasgos notables del Foro Social Mundial reunido en Bombay (Mumbai) en 2004 fue la presencia masiva de dalias, intocables indios.
Ejemplos de donaciones problemáticas para las ONG
Armenia – terremoto 1988: Sobre 5.000 toneladas de medicamentos y material médico enviado, por un monto total de US$ 55 millones, el 8% había pasado la fecha de vencimiento y el 4% era inutilizable. Del 88% restante, el 58% resultó inutilizable.
Eritrea – guerra de independencia, 1989: Se necesitaron seis meses para incinerar siete remesas de comprimidos de aspirina con fecha vencida. Las autoridades recibieron un contenedor entero con medicamentos cardiovasculares no solicitados, a dos meses de su fecha límite de utilización, y 30.000 botellas de medio litro de perfusión aminoácido con fecha vencida, que aún hoy no pudieron ser eliminadas.
Francia, 1991: Sobre 4.000 toneladas de medicamentos colectadas, sólo el 20% fue utilizado en el marco de programas de ayuda.
Bosnia-Herzegovina, 1992-1996: Durante esos cuatro años, Bosnia-Herzegovina recibió 17.000 toneladas de medicamentos inadecuados, cuya eliminación costó 34 millones de dólares.
Indonesia, provincia de Aceh – Tsunami, 2004: Sobre 4.000 toneladas de medicamentos recibidos, hubo que destruir 622, el 60% no se ajustaba a las normas y el 25% tenía fecha vencida.
Fuente: Anexo del informe “Principios directivos para aplicar a las donaciones de medicamentos”, Organización Mundial de la Salud (OMS), abril de 1999; Farmacéuticos Sin Fronteras, Comité Internacional.
Geoeconomía de las corrientes migratorias
La pobreza y el desempleo son las causas principales, aunque no exclusivas, de las migraciones. El destino de esas corrientes depende cada vez más de redes, legales e ilegales, que se apropian de una parte creciente de los beneficios de la mundialización, gracias a la precarización del empleo.
Los antiguos lazos coloniales llevaron a los emigrantes argelinos a instalarse en Francia, mientras que los del subcontinente indio partían rumbo al Reino Unido. La formación de espacios económicos transnacionales vinculados con la actividad de empresas estadounidenses en el exterior, al igual que la presencia militar en Vietnam, Filipinas o El Salvador, fomentaron la emigración desde esos países hacia Estados Unidos. Hoy, más allá de la herencia colonial, la mundialización crea nuevas redes, legales e ilegales, entre los países de emigración y los de destino. Varios países que históricamente eran de emigración se convirtieron en países de inmigración o de tránsito, fundamentalmente en el sur de Europa.
Las corrientes internacionales se multiplican a nivel regional y entre los continentes, favorecidas, y a veces inducidas, por el desarrollo de las infraestructuras técnicas y organizativas de la economía mundial, legal o no. Así se establecen lazos estrechos entre la creación de mercados mundiales de servicios y mercancías, el aumento de los flujos monetarios transfronterizos y las corrientes migratorias vinculadas con el empleo.
Los organismos internacionales influyen directamente sobre los mecanismos que impulsan esas corrientes, al aumentar las presiones sobre los países en vías de desarrollo con sus “programas de ajuste estructural” (apertura de la economía a las empresas extranjeras, supresión de las subvenciones estatales y también crisis financieras seguidas de políticas de reconstrucción). Desde siempre, el reclutamiento de mano de obra –ya sea de grandes profesionales, de empleados sin especialización o de “trabajadoras del sexo”– mezcló actores oficiales, gobiernos o empresarios de los países de inmigración con traficantes (tratantes de esclavos, pasadores de fronteras). Pero el comercio ilegal de mano de obra registró un crecimiento considerable durante la década de 1990, cuando los traficantes regionales tradicionales comenzaron a operar a una escala cada vez mayor, a la vez que surgían nuevas redes, como durante la desintegración de la Unión Soviética.
Junto con el desarrollo del turismo, que juega un papel muy importante en numerosos países, el comercio del sexo se generalizó como un elemento más de esa “industria del entretenimiento”. Así surgieron nuevos circuitos. El desarrollo del turismo internacional en un país de emigración, como República Dominicana, alentó el ingreso ilegal de mujeres rusas. Ese comercio puede ser utilizado como estrategia de desarrollo en zonas de alto nivel de desempleo y de pobreza.
Los ahorros remitidos por lo emigrados, al igual que las ganancias provenientes de las redes clandestinas, generan fuentes de divisas extranjeras cada vez más importantes para ciertos Estados. Los envíos de divisas por parte de los emigrados, estimados en US$ 70.000 millones de dólares en 1999 y en US$ 230.000 millones en 2005, constituyen para muchos países en desarrollo una fuente considerable de reservas de cambio: por ejemplo, un tercio del total en Bangladesh. En el caso de la República Dominicana esos ingresos son más elevados que los del turismo, principal factor de crecimiento económico del país. En México, son la segunda fuente de divisas, luego del petróleo.
La exportación ilegal de mano de obra emigrada es un mercado rentable, sobre todo para los traficantes; según las Naciones Unidas, generó US$ 3.500 millones anuales durante la década de 1990, y según el Departamento de Estado, 7.500 millones de dólares en 2004. Ese mercado, que en otras épocas estaba en manos de delincuentes de poca monta, ahora se ha estructurado a nivel mundial, pero sólo recientemente el crimen organizado comenzó a participar en él, gracias a alianzas intercontinentales. Las redes étnicas en las que éstas se apoyan facilitan –gracias a sus contactos locales– el transporte y la distribución de esos inmigrantes, así como el suministro de documentos falsos.
Ya sea legal o ilegal, el tráfico de trabajadores, fundamentalmente de los destinados a la prostitución, es un comercio lucrativo. Las mujeres son, de lejos, el grupo más importante afectado por esta actividad. Últimamente aparecieron nuevos mercados de trabajo poco remunerados, que registran una importante participación de mujeres inmigrantes, por ejemplo, en las nuevas actividades de servicios de las grandes ciudades del Norte: trabajo a domicilio, limpieza, cuidado de niños, etc. Y una vez que se creó una comunidad de inmigrantes, su acción tiende a reemplazar el reclutamiento externo, con lo que se establece una cadena migratoria.
(Agencia Paco Urondo)
miércoles, 8 de abril de 2009
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