Capital Federal (Agencia Paco Urondo)
Intro
El kirchnerismo es un proceso social que nace en las vísperas de la derrota neoliberal de diciembre de 2001. Todas las fracciones sociales que, con sus contradicciones, resisten y voltean al modelo conducido por el capital financiero trasnacional conforman un nuevo movimiento social. A tientas, ha regresado “el Pueblo” como protagonista histórico, luego de dos décadas y medias de ostracismo, fraccionamiento o cooptación.
Quien asume la conducción del Estado pos neoliberal es Eduardo Duhalde. Su condición transicional se debe por un lado, a su protagonismo central en la implosión del modelo, en contradicción con un segundo aspecto: su complicidad con la década de mayor ofensiva neoliberal, el menemismo.
Duhalde no podía expresar este nuevo frente de clases. Estaba conformado, entre muchos otros sectores, por los desclasados que él había promovido como baluarte del neoliberalismo. Estos continúan movilizándose contra el conductor transicional del proceso. La feroz represión desatada por Duhalde termina por deslegitimarlo y acelera su salida.
Con una clase política muy identificada al régimen económico – social depuesto, las elecciones de 2003 se muestran insuficientes para señalar quién será la nueva expresión del nuevo movimiento social. El ganador fue el representante insigne del neoliberalismo, Carlos Menem. Pero no le alcanzó para escaparle al ballotage, y el movimiento nacional no iba a permitirle salirse victorioso. Gana un perfecto desconocido, el gobernador de una provincia con menos habitantes que la mayoría de los municipios del Conurbano: el santacruceño Néstor Kirchner.
La conducción pingüina
Comienza la segunda etapa del frente de clases nacido al calor de las luchas (y las derrotas y complicidades) de los 90. El movimiento ha encontrado a su nuevo conductor, que le da una poderosa impronta industrial - obrerista, latinoamericana y democrática – derechos humanos.
Este perfil se inicia con una primera fase “transversal”, es decir, más apoyada en los sectores medios progresistas, las organizaciones piqueteras afines, la CTA, la centroizquierda partidaria (PS, Frente Grande). Sin embargo, hacia 2005, el transicional Duhalde busca regresar al poder. Ante la insuficiencia del progresismo en términos de poder electoral y legitimidad en los sectores populares del Conurbano y el pauperizado norte argentino, Néstor Kirchner se inclina por fortalecer sus vínculos con el justicialismo. Es la segunda fase, más “ortodoxa”, del movimiento nacional.
La aplastante victoria sobre quien expresó (al menos electoralmente) durante una década y media a los sectores populares del Gran Buenos Aires, relegitima a Kirchner como conductor del movimiento nacional. En este marco se da la poderosa movilización del 25 de mayo de 2006. Si bien en aquel momento “ortodoxo” no fue tan nítido, aquella movilización sería el punto inicial donde el movimiento policlasista recupera la calle perdida en 2002. Pero esta vez, en un marco de organización y unidad. No estaría claro en aquel entonces para qué serviría ello.
La sorprendente consolidación económica del modelo, en un marco de estructuras industriales muy erosionadas luego de los 90, augura el plebiscitario triunfo electoral de octubre de 2007. La integración social vuelve a darse a través del empleo, como en los viejos buenos tiempos.
3. Liberación o dependencia
Las reformas estructurales, pro – industriales del kirchnerismo empiezan a tocar un techo: el posicionamiento mundial de Argentina como productora de materia primas. Como en el viejo peronismo, el movimiento nacional requiere, para continuar su desarrollo hacia la justicia social, afectar los privilegios de la oligarquía agropecuaria.
¿Estaba en condiciones el movimiento nacional de dar esta batalla? Sin seguridad sobre esta respuesta, el kirchnerismo encara esta problemática central contra el núcleo duro del subdesarrollo argentino: el campo. De allí deben salir los recursos para financiar las nuevas reformas del aparato productivo nacional.
La respuesta no se hace esperar. A diferencia de la fórmula clásica, no se le opone al movimiento nacional un partido oligárquico – militar. No podría serlo por los éxitos del kirchnerismo en términos de Memoria. La confrontación la presenta un frente oligárquico – mediático. Los medios monopólicos lanzan dos ofensivas caceroleras: la primera del 25 de marzo, la segunda y más importante del 8 de junio. Además, cortan las rutas y desabastecen alimentos. Se realiza en Rosario, el 25 de mayo, una gigantesca movilización. Cualquier similitud con una ofensiva militar, no es coincidencia.
Ante el terrorismo mediático y el discurso con reminiscencia genocida de los ruralistas, muchos sectores medios críticos al gobierno se terminan de decidir. En la Plaza del 18 de junio, el movimiento nacional recupera la alianza sectores populares – clase media que había perdido a partir de 2005. Y con ello, recupera también la ofensiva. Es el principio de esta tercera etapa.
La batalla del Senado es hoy y mañana, un capítulo más del desarrollo económico y del protagonismo del campo popular. De su resultado depende si seguimos avanzando. No seamos ingenuos: la Sociedad Rural, con casi dos siglos de privilegios, no se va a dar por vencida. Avanzar hacia la industrialización requerirá movilización permanente y mucha lucidez.
Ahora me voy corriendo a la Plaza, que está por empezar la movilización. La teoría no sirve sin práctica. (Agencia Paco Urondo)
De aquel twitter de Milei del 2022
Hace 6 horas
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