jueves, 4 de febrero de 2010

De Narváez y el peronismo: El Plan Colombia desembarca en la Argentina, por Julio Piumato

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) La derecha insiste en abortar el proceso nacional y popular que atraviesa la Argentina, en sintonía con lo que ocurre en varios países de América latina. Uno de sus intentos pasa por desarticular la capacidad organizativa y política del partido de raigambre popular más importante del país, el peronismo, estafando su matriz ideológica con un candidato empresarial, contrario a los trabajadores. El Colorado viaja en taxi derechito a chocarse contra la pared.

En Latinoamérica, así se conoce al proyecto imperial de dominación continental que, so pretexto de combatir el narcotráfico que desangra a Colombia, comprende amplia presencia militar norteamericana, hechos de desestabilización política en toda la región, y múltiple ayuda, desde bélica hasta económica, al gobierno paramilitar de Alvaro Uribe por parte de los Estados Unidos. Sus resultados devastadores, sin embargo, sólo se cuentan entre las fuerzas de insurgencia política y victimizan aún más a la castigada población civil, con miles de dirigentes sindicales asesinados. Mientras el Plan Colombia se profundiza, el narcoterrorismo sigue financiando campañas políticas.

En la Argentina, el Plan Colombia es mucho más modesto. De entrecasa, digamos. Una parodia de aquél, aunque en el fondo ambos persigan el mismo objetivo político: acabar de una vez y para siempre con el proceso de integración regional, que ensaya respuestas concretas a la marginación que el neoliberalismo dejó sembrada como peste en estas tierras.

Su protagonista: Francisco de Narváez Steuer, un ridículo empresario polirrubro, de pelo colorado y enigmático tatoo en la yugular, torpe como un adoquín para las definiciones políticas y –atenti- vinculado a un sonado caso de tráfico de efedrina, un reactivo químico esencial para la producción de drogas sintéticas, además de la cocaína.

Sólo a un niño bien experto en derrochar su fortuna familiar, y que por última osadía se le ocurre actuar en política, se le puede escapar el furcio de defender abiertamente el golpe de Estado en Honduras, tan sólo 24 horas después de haber ganado una elección (aunque por escasísimo margen). Ningún político de raza pisa el palito, y menos si es mientras disfruta las mieles del favor mediático, ambiente, el de los medios, que De Narváez debiera conocer hasta el detalle, debido a su ilegal participación en el capital accionario del multimedios América. Esa posesión lucrativa se encuentra expresamente prohibida para Diputados de la Nación, normativa que, sin embargo, El Colorado viola de modo alevoso.

Lo cierto es que aún contando con la opinión positiva de la mayoría de los opinadores masivos, entre ellos quienes lo entrevistaban aquella noche en el canal TN, propiedad del Grupo Clarín, el empresario devenido en político estrella de la oposición se dejó arrinconar por los conductores, y debió ceder una confesión políticamente incorrecta: su declaración de amor por el empresario que había derrocado ilegalmente a Manuel Zelaya, su colega Roberto Michetelli. Un típico error de principiante, incompatible para alguien que aspira a capitanear el peronismo.

Es que, aunque resulte difícil creerlo, De Narváez, argentino por opción pero colombiano de nacimiento, ha mostrado en las últimas semanas el deseo abierto de competir por la conducción del Partido Justicialista, para lanzarse, luego, a la carrera presidencial. Seguramente se sienta entusiasmado con el triunfo electoral del candidato derechista en Chile, el acaudalado Sebastián Piñera, cuyo apego por el ridículo público lo asemeja, además de por la cantidad de bienes, a Mauricio Macri, el ex socio del colombiano.

El Colorado ha tenido el tupé de desafiar a Néstor Kirchner, y no contento con la nueva osadía, se ha declarado peronista. Caramba. El despedidor de trabajadores cuando controlaba Casa Tía, se proclama, ahora, “peronista”. Mire usted. Hasta se anima a darle consejos a Hugo Moyano sobre sindicalismo y representación gremial. Quien alguna vez se jactó de haber echado a empleados que tenían 25 años de experiencia, liberándose de “todos, los buenos y los malos; desde los cajeros hasta las secretarias de los gerentes, personas que en el pasado habían dirigido la compañía”, declara ahora sentirse preocupado por el trabajo informal. Peor: le reclama al jefe cegetista “modernizar” la representación sindical, justamente a quien ha logrado hitos para sus afiliados, como contar los trabajadores con el mas moderno sanatorio de America latina que contribuye a la mejor cobertura en salud, el más lujoso servicio hotelero en todo el país, mejores condiciones de trabajo y los sueldos más altos de entre toda la estructura salarial argentina. Salvo que “modernizar” signifique “flexibilizar” es decir permitir que se arrasen con el trabajo y los demás derechos de los trabajadores.

Lo de Francisco de Narváez parece ser un nuevo intento del establishment económico por volver a usufructuar la estructura política y territorial del peronismo, clave para la representación popular y la construcción de poder real entre las bases sociales, tal como lo hicieran Carlos Menem y Eduardo Duhalde en la década del 90 y hasta 2003.

Sin el peronismo a su favor, saben, la derecha no podrá detener la profundización del modelo de país que se inició con el gobierno de Néstor Kirchner. Ensaya, entonces, reflotar la experiencia neoliberal dentro del Justicialismo, como en las viejas épocas de oro de la UCD, cuando sus dirigentes cantaban sonrojados la Marcha Peronista, a cambio de implantar con la simbología nacional y popular el plan neoliberal, de devastación social, material y cultural más extraordinario que se tenga registro en la historia argentina, urdiendo al mismo tiempo el desfalco ideológico más brutal del que se tenga memoria, imposible de ser consumado sin el genocidio sufrido en el país durante la dictadura, que desarticuló las organizaciones sociales, sindicales y políticas más comprometidas con la defensa de los intereses populares.

No obstante, la rotunda respuesta del líder de la CGT, Hugo Moyano, indiscutiblemente el gremialista de mayor consenso entre las bases obreras, hace peligrar la intentona. El camionero expresó que el “peronismo es de los laburantes” y se opone al “peronismo coqueto o paquete con que estos señores pretenden apoderarse”. También, prometió “movilizar a todos los trabajadores que sean necesarios” para oponerse al empresario en caso de que decida presentarse a elecciones dentro de la interna partidaria y recordó que en el pasado “muchos sectores políticos nos arrebataron” el PJ, advirtiendo que quienes lo intentan ahora sólo se interesan por la estructura “para llegar al poder, y después hacen todo lo contrario a lo que dicen que se debería hacer desde el peronismo”.

A la oposición política de la mayoría de los miembros activos del peronismo a una eventual candidatura a un cargo Ejecutivo de De Narváez, ya sea en la gobernación bonaerense, o en la Casa Rosada, se le suma un impedimento legal: la mismísima Constitución Nacional, que en sus articulados exige que el Presidente y el Vicepresidente de la Nación hayan nacido en el territorio argentino, o, en el caso de haber nacido en el exterior, sean hijos de ciudadanos nativos, condición que no reúne el empresario, vástago natural de un colombiano y una checoslovaca.

Esa inhibición constitucional, sin embargo, puede ser revisada por la Justicia. Llegado el caso, el Máximo Tribunal del país puede declarar la inconstitucionalidad de la mismísima Constitución, y darle permiso a De Narváez de sacarse el gusto y probarse cómo le queda la banda presidencial cruzada sobre sus elegantes trajes de “alta gama”, como se dice ahora.

¿Le dará la Corte Suprema ese beneficio? ¿Observará lo que la ley máxima de la Nación reglamenta, o se rendirá ante los favores de la gruesa billetera del colombiano? Todo es posible en la Argentina del Partido de la Justicia, menos una cuestión: volver atrás en la Historia. Y, recuperación salarial mediante, la versión neoliberal del peronismo parece estar condenada a no volver a repetirse.

El autor es miembro de la Comisión Política de la Corriente Nacional del sindicalismo Peronista. (Agencia Paco Urondo)

2 comentarios:

  1. Espero que prime el sentido común y la inteligencia para distinguir quien es quien, aunque se produzca mejor, un traidor es traidor,un vende patria es un vendepatria, un explotador es un explotador aunque se vista de seda...
    Y sería tan lamentable y vergonzoso, que la corte suprema, abierta y aviezamente, viole nuestra ley suprema, para tirarla a la basura, o la rife al mejor postor!

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  2. yo esperaría, más que el sentido comun, que los hechos de un gobierno (el de Nestor) y el del actual, puedan erradicar de una vez los consejitos de un grupo de oportunistas supieron dar hace ya 20 años y que aún siguen perjudicando a la nacion.

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